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sábado, 11 de junio de 2016

Mujer bajando una escalera_Bernhard Schlink



Tal vez de Schlink atraigan sus dilemas éticos, esa oscuridad que envuelve su prosa, ese fondo de amargura que, al fin, tienen sus novelas.
Sin embargo, esta vez, en esa escritura con trasfondo de amargura y oscuridad se cuela la ternura de un amor, la cercanía de quien ama y no puede gritarlo.

Acercarse a Schlink es surcar mares ignotos, revolver cimientos y enfrentarse a demonios que no por ocultos dejan de ser cotidianos.

La frescura de su prosa hace que parezca simple lo complicado.

En este nuevo regalo que se nos hace en nuestro idioma, las vidas de los personajes parecen cruzarse sin querer, como por esa casualidad, que no puede ser otra cosa que el fruto de la causalidad.

El amor, la pasión, el deseo, la posesión y la muerte son temas que se entrelazan sin darse importancia. Las obsesiones que atenazan vidas son las que hacen a cada uno de los personajes ser quienes son y vivir de la forma que viven, aunque los avatares de cada cual separe en tiempo y lugar los destinos de cada uno de ellos. En un momento del ese caminar inseguro que es la propia vida, cada uno volverá al lugar de donde nunca quiso irse.

Y será ella, Irene, quien sirva de cruce de caminos, quien marque vidas y destinos, rebele conciencias y lleve más allá de si misma la palabra libertad.
En esta novela se descubre a un Schlink, tal vez, y solo tal vez,  capaz de derrochar ternura, capaz de diseccionarla a placer y llevar al lector por derroteros inesperados aunque, en este caso, un tanto previsibles.

No por ello pierde nada de lo que es Schlink, el revolucionario de las conciencias, el mago que nos desata sentimientos tan encontrados y tan, en ocasiones, contradictorios. Esos sentimientos, insisto en la palabra, desatados, que brotan a cada párrafo, atrapando al lector en sus propias historias, en sus propios desatinos, en el ser profundo de cada uno de nosotros, que a veces se nos revela verdugo y otras víctima.

Y sigue quedando ese regusto amargo…

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